NARRATIVAS
HISTORIAS DE FIN DE SEMANA
MOJACAR: “Rincon de Embrujo”.

ascenciendo la cuesta de la fuente

«La subida de Mojácar es tan escarpada, que no se puede escalar a caballo». Lo había leído siendo estudiante, en la Geografía de Mohammed Al-Idrisi (S.XII).
Sabía que este pueblo se encontraba en la costa de Almería, que mira a Grecia, y conocía un documento notarial sobre unas propiedades de Mojácar, en el que se leía textualmente: ...«linda con Oran, mar por medio».
Pero un día, mientras don Luis Siret Ceis posaba para un busto que le estaba modelando(actualmente en el Museo Arqueológico Provincial), surgió la palabra MOJÁCAR, pronunciada por el gran maestro belga de la arqueología.
Había realizado unas excavaciones en este pueblo, encontrando enterramientos que correspondían a la cultura del Argar. Yo dije: «Mojácar me suena a monja montaraz.» Entonces me contaron que vivían las mujeres como en un convento de clausura, situado en lo alto de un monte, y que cubrían sus rostros de la vista de los hombres. Un día, don Juan Cuadrado Ruiz, director del Museo Arqueológico de Almería, me llevó a ver a Siret en Herrerías y a las mojaqueras en su monte. Encontré un pueblo en que las niñas, mujeres y ancianas cubrían sus rostros con grandes pañuelos de un amarillo intenso.
Estaba situado en la cumbre de un monte piramidal, por cuyas empinadas cuestas subían las gentes, como las cabras, llevando sobre la cabeza un cántaro, y dos más debajo de los brazos, con la presteza y seguridad de equilibristas circenses, que caminan por la cuerda floja de las calles trenzadas.
Al pie del pueblo estaba la Fuente, y para poder beber era necesario pasar entre dos filas de mujeres que, metidas las piernas en el aguay remangadas hasta lo alto de sus muslos, (no obstante conservar la cara tapada) lavaban ropa en un plano de piedra inclinado hacía su cuerpo. Y era curioso ver cómo a estas mujeres, que tapaban púdicamente sus rostros, no les importaba que contemplaran sus muslos perfectamente moldeados.
Ni se inmutaban lo más mínimo cuando los forasteros permanecían quietos , con los ojos bien abiertos y sorprendidos ante la inédita costumbre del pasado.
En la fachada de algunas casas, y pintado con almagre, aparecía el INDALO. Ya lo conocíamos por su representación en el abrigo prehistórico de Los Letreros (Vélez Blanco). Pero aquí tenía un doble valor: estaba ejerciendo el poder mágico de un «tótem» protector, que libraba a los vecinos de toda clase de maleficios, entre ellos el terrible y temido «mal de ojo»: daño que con la mirada pueden causar los «malages» (los que tienen mal«ángel») a los seres humanos.
Nos encontrábamos en un pueblo en donde se veían por todas las esquinas ojos misteriosos, penetrantes, negros y profundos, enmarcados en el amarillo y singular de los pañuelos. No tuve más remedio: fiel al rito mágico, cogí un alfiler y lo clavé en el centro de un corazón de tercio pelo rojo.
cueva de mariquita laposá
Enseguida me di cuenta de que hadase necesario proteger nuestras obras prehistóricas de los aviesos críticos de miradas torcidas, delos tuertos de espíritu, que merodean en torno de las artes antiguas, como negras moscas recorriendo la faz de los muertos.
Habíamos encontrado el INDALO, símbolo primario, ancestral y viviente de lo que éramos y buscábamos. Y nos acogimos a su protección; mejor dicho: fue el Indalo el que extendió su arco protector sobre nosotros.
El redescubrimiento del Indalo despertó a la Almería, olvidada en el Sureste, que dormía indiferente al tiempo y al espacio. Esto podría constituir una ventaja sobre esa Europa refugiada en sus recursos existenciales, impresa y estampada en todos los almanaques que decoran las cocinas del mundo.
Allí conocí a un médico, un hombre de ciencia, que tenía que vérselas, tanto con los enfermos, como con un gran número de magos, curanderos y rezadores, que hacían la más fuerte competencia a la medicina legal.
Recogía en sus cuadernos, entre recetas y nombres de pacientes, las leyendas que le contaban los vecinos. Se llamaba don Ginés Carrillo, hijodalgo superviviente de Mojácar, y dueño de un teatro en el que, antes de la guerra, se daban misteriosas funciones los sábados, a partir de las doce de la noche. El nombre del teatro era, y es, pues existe aún, «El Aquelarre»...
Hadase necesario resucitar a Mojácar, y en una reunión del Movimiento Indalíano se acuerda influir acerca de las autoridades provinciales, para que fijen su atención sobre este pueblo: hacer un camino que llegase hasta la cúspide del monte, como cosa imprescindible, y que se iniciase la reconstrucción de las viviendas. Se designa, como delegado gubernativo, a nuestro contertulio Fernando Ochotorena, y otro indalíano, como promotor turístico, Rafael Lafuente, se desplaza para vivir en Mojácar.
Es forjado todo un plan vivificador: ofrecimiento de solares a intelectuales, artistas, alta sociedad, toreros, etc., invitándoles a reconstruir Mojácar. Se publica una serie de artículos, que empezaron con la acogida dada en «El Español», diario «Pueblo» y la «Estafeta Literaria» por el maestro del periodismo, don Juan Aparicio, que después se fueron extendiendo a toda la prensa nacional y extranjera. Hubo además una serie de exposiciones de los indalíanos, con el tema «Mojácar» por toda España y ciudades más importantes de Europa.
Y las llamadas «Los Indalíanos por las rutas del Vaso Campaniforme», en que se incluían conferencias y proyecciones cinematográficas. Fue de gran repercusión la conferencia pronunciada en inglés por Lafuente, con el titulo «Las tapadas de Mojácar y las destapadas de Benidorm».
Y el encuentro con un alcalde, arquitecto orográfico de Mojácar, Jacinto Alarcón Fuentes.
la casa de carlos almendros
También hadase de urgente necesidad recoger la historia de un pueblo, que resucitaba casi mágicamente, bajo el signo del Indalo. Y esta misión es la que ha echado sobre sus espaldas Carlos Almendros: recoger el espíritu que exhalaba esta geografía. Porque los hombres mueren y sólo quedan de ellos los surcos que marcaron en la tierra y un espíritu flotando en el espacio.
Enamorarse, como Almendros, de unas piedras del pasado, impregnadas de historia, del aire que respira un pueblo, del mundo antiguo y mediterráneo, que se cuela por los ojos, sin querer, cuando uno se asoma por una ventana al inmenso paisaje de Mojácar, y saber escuchar las narraciones que repiten, como una salmodia, las paredes de las casas o las viejas tapadas del lugar, es devolver al frio dato su aliento humano.
Leyendas que perduran en Mojácar, contadas por los más respetables ancianos, con la garantía de los largos años vividos, íntimamente aferrados a la tierra, como los árboles.
He pensado que, posiblemente, las leyendas de amor debieron ser subidas al monte desde la Fuente, llevadas dentro de los cántaros, que portan en la cabeza estas ciprinas mocicas mojaqueras.
Los que fiamos más en las palabras del hombre, que en la letra impresa, creemos que la verdad se encuentra más pura en las leyendas, que en la Historia; posiblemente porque la palabra es la expresión del hombre para el hombre, y en la letra impresa la comunicación se establece a través de un papel deleznable, que influye y se interpone en la directa comunicación de los seres, haciéndose portador y propietario de los sonidos sin gesto, que retienen las ideas.
Por eso concedemos el mismo valor a las concretas citas de Plinio que a las fantasías legendarias. Porque éstas no llegan a tropezar con la sapiencia natural de Andrea la Mocita, de la tia Carrica o la espiritualidad de Mariquita la Posa. O con esos hombres de la talla intelectiva del tio «Francisco el Santo» o del tio Miguel Egea. En ellos está el secreto de la supervivencia sub-histórica de Mojácar. Como pirámide frente al tiempo, de casas, cosas y pensamientos que, desde el agua de la fuente rezuma hacia el cielo o sube, en perfecto equilibrio, sobre la cabeza de sueños de una mojaquera portadora de un cántaro. Y este cántaro es el que ha cogido por su asa Carlos Almendros, en excelente forma literaria, y lo ha vertido en este libro, para que ustedes puedan beber, como buenos samaritanos. el agua viva de Mojácar.
(Prologo de Jesus de Perceval para el libro de Carlos Almendros “Mojacar Rincon de Embrujo” y pintura del mismo.)
@gerardomartinezcabello
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